Degradación de Jesús Colón: ¿una humillación calculada en el Ayuntamiento de Santo Domingo Este?

Días después de que el exalcalde Manuel Jiménez pusiera en circulación su libro Lo que no se dijo: la gestión municipal que no pudieron enterrar, en un acto con presencia del presidente Luis Abinader y otras figuras del PRM, el alcalde Dío Astacio habría procedido a degradar a Marcos Jesús Colón Arache, hasta entonces secretario general del Ayuntamiento de Santo Domingo Este (ASDE).

El cargo de secretario general es, en la estructura municipal, el de mayor rango después del alcalde. Su reducción o reasignación a funciones menores no es un simple ajuste administrativo: en la práctica política se interpreta como una cuasi destitución, una forma de humillación pública orientada a que el propio funcionario decida renunciar y evite al alcalde el costo político de una destitución formal.

Jesús Colón ha sido, durante la gestión de Astacio, la punta de lanza y el rostro público de la administración. Ha defendido con vehemencia al alcalde —cuyo nombre completo es Dioris Anselmo Astacio— en múltiples frentes, asumiendo causas y batallas que, según críticos, nunca debió asumir. Su lealtad ha sido incondicional, al punto de representar al alcalde en querellas personales ajenas a las funciones institucionales del ayuntamiento.

Ahora, sumergido en el lodo de una administración marcada por la opacidad, la envidia interna y la retaliación política, Colón enfrenta el desafío de limpiarse de tanto estiercol mientras aún está a tiempo. La coincidencia temporal con la presentación del libro de Jiménez —exalcalde y rival histórico de Astacio dentro del mismo partido— alimenta la percepción de que la medida responde más a rencores y control de poder que a criterios de eficiencia o meritocracia.

En los círculos políticos de Santo Domingo Este se comenta desde hace tiempo el deterioro de la relación entre ambos. Artículos anteriores ya hablaban de una posible “caída en desgracia”, reducción de funciones reales y el traslado de Colón a espacios alejados del despacho principal. La degradación reciente, de confirmarse en sus alcances, no haría más que cristalizar esa tensión.

Colón tiene ahora la oportunidad —y la urgencia— de distanciarse de una gestión que, según sus críticos, se consume en luchas internas. Limpiarse a tiempo no solo es un acto de supervivencia política; es también una cuestión de dignidad personal después de haber puesto el pecho por causas ajenas.

El episodio deja una pregunta abierta en el municipio más poblado del país: ¿hasta cuándo la lealtad ciega se paga con la humillación?

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